HACER LIMPIEZA

En el marco del movimiento libertario existe una tendencia unificadora que fortalece la cohesión interna de un grupo ya suficientemente aislado y rechazado por el exterior como para poner en duda su propia coherencia desde dentro. De esta manera, a pesar de las múltiples diferencias ideológicas, las rencillas entre organizaciones y las disputas personales, siempre será arriesgado poner en duda la Corrección política de un compañero sobretodo en lo que a trato desigual o vejatorio hacia las mujeres se refiere. En el caso de las mujeres es distinto ya que al no venir acompañada su militancia con un halo de entrega y heroísmo comparable al de los varones, tampoco su falta de coherencia es un hecho grave al considerarse que es de esperar su falta de madurez política y su debilidad ante las adversidades.

Acusar a un “militante destacado” de agresión física, sexual o psicológica a una mujer (sea o no su pareja) supone, en general someterse a un interrogatorio por parte de un entorno que actuará judicialmente, sopesando la validez y la gravedad de los hechos, así como los posibles atenuantes del agresor para su conducta (actitud y modo de vestir de la chica, uso de alcohol o drogas…). La duda y la desconfianza será lo, primero que encontrará una compañera al denunciar públicamente una situación de abuso, en parte a causa de la búsqueda de cohesión interna para prevenirla desmembración de un grupo suficientemente amenazado por los peligros externos (aislamiento social, represión policial ,… ) pero sobretodo por la desvalorización de la palabra de mujer en un movimiento altamente masculino y masculinizante y por la percepción de “asuntos privados” que todavía pervive respecto a las problemáticas de violencia contra las mujeres.

Pero la duda sobre si los hechos ocurrieron realmente no será lo único a lo que tendrá que enfrentarse una mujer que denuncia públicamente, en un marco de lo políticamente correcto, una agresión por parte de un militante o de un hombre del entorno político. Las mujeres que militan en organizaciones, grupos o centros sociales de cariz libertario o alternativo se auto-imponen, en muchas ocasiones, un aférrea dureza emocional para equipararse con los varones que dificultará la propia percepción como mujer abusada o agredida. Una mujer feminista o no sexista debe ser una mujer autónoma y fuerte, imagen que se contrapone en el imaginario colectivo con la víctima de abusos o de violencia que se percibe como una mercancía defectuosa; una mujer con baja autoestima, vulnerable e incluso con desequilibrios emocionales o psicológicos derivados de la agresión. ¿Que mujer feminista querría identificarse con esos parametros? Y es más, ¿de donde nace esa percepción moralizante y victimista de las agresiones físicas, psicológicas o sexuales a las mujeres?

Si partimos de la base de que debemos ser las mujeres las que resolvamos y combatamos las agresiones de nuestro entorno, mediante la solidaridad y el apoyo por una parte y mediante la dureza y la violencia por otra, entonces también nosotras debemos reflexionar acerca de la violencia y de nuestra complicidad hacia algunas conductas o creencias que pueden conducir a ella.

La confesión por parte de una mujer feminista O “no sexista” de ser víctima de abusos, o haber sido víctima de agresión sexual o cualquier otra forma de violencia genérica, corre el riesgo de convertirse en un talk-show morboso y lacrimógeno y, en el mejor de los casos, es decir en aquellos casos en los que la mujer disponga de un grupo de mujeres de apoyo, es muy probable que a pesar de partir de las mejores intenciones, se acabe victimizando a la mujer haciéndola sentir todavía más vulnerable. La reflexión, el apoyo y la afectuosidad debe ser primordial al abordar
una problemática de violencia contra una compañera pero esto no nos excusa de tener en cuenta que ninguna característica define especialmente a las mujeres agredidas, todas y cada una de nosotras estamos en peligro, una de nosotras estamos en peligro,
partir de esa premisa nos aleja del victimismo.

Venga nenal! ¿Que esperabas? Esto podía sucederte, vamos a combatirlo juntAs!

El mito del “esto aquí no ocurre” que se hace evidente en la duda ante la denuncia pública de una mujer víctima de abusos ó agresión por parte de un hombre del entorno
político, niega la realidad y perjudica a las mujeres. A nadie se le ocurriría dudar de un compañero que asegura haber sido víctima de violencia policial o de haber sufrido una paliza por parte de un grupo fascista y mucho menos se le exigiría explicar detalladamente como ocurrieron los hechos de tortura para verificar su autenticidad. En cambio ante una agresión sexista a una mujer muchos hombres y mujeres se dotan de la legitimidad para dudar o interrogar a la agredida e incluso minimizar los hechos o relegarlos a la categoría de “asunto privado”. Puesto que el pertenecer a un movimiento político no es garantía de pulcritud ni de rectitud moral o política al no existir más condición de pertenencia que la propia iniciativa y puesto que los asuntos relacionados con la lucha de las mujeres son minimizados, ridiculizados o directamente rechazados, podemos suponer que en `
nuestro entorno hay muchos hombres con escaso compromiso con los valores antipatriarcales y que algunos de ellos pueden ejercer como agresores ante un entorno que justificara o minimizará su acción. La creencia de que las agresiones a mujeres suceden más allá de nuestro entorno político, entorno que se muestra desde esta perspectiva limpio y alejado de los valores morales patriarcales, nos deja indefensas al negar una realidad que se impone de manera brutal una y otra vez.

Por otra parte, algunos feminismos han alimentado la idea de que las mujeres debemos permanecer alejadas y protegidas del riesgo q ue supone vivir en un cuerpo sexuado de mujer y que debe ser la protección estatal, la compresión institucional y las medidas positivas las responsables de salvaguardar nuestra integridad. Esta creencia que se corresponde con un feminismo institucional y antirrevolucionario ha impregnado las creencias de muchos otros movimientos de mujeres antisexistas que se escandalizan ante los sucesos de violencia de genero al comprobar que la vía dialogada, mixta y apaciguadora no ha provocado cambio alguno en los varones de nuestro entorno político o en el mejor de los casos ha generado un espacio de tolerancia restringida hacia los preceptos feministas. El feminismo debe vaciarse de la corrección casposa que arrastra desde hace décadas, las mujeres feministas
debemos alejarnos de una vez por todas de la comodidad de la corrección política y las pretensiones de “intocabilidad” y aceptar que mientras esto no cambie (y no parece que vaya a hacerlo en breve) en cualquier espacio público o privado, político o corriente corremos un riesgo, Ahora bien, ese riesgo no debe percibirse desde el miedo y la aceptación pasiva sino desde el combate; asumir que el riesgo forma parte intrínseca de nuestra existencia como mujeres es aprender a combatirlo y sobretodo es no derrumbarse cuando el riesgo se convierte en agresión: así es la guerra!

La percepción de la lucha antipatriarcal desde una perspectiva mixta elude el componente del riesgo. Los ambientes mixtos generan un falso ambiente conciliador en el cual pareciese que los varones comparten nuestras mismas estrategias y finalidades, deslegitimando el uso de la violencia por parte de las mujeres al considerar que esta es una medida extremista cuando la mediación pareciese dar buenos resultados. Buenos resultados que se desvanecen cuando las exigencias por
parte de las mujeres aumentan y cuando estas ya no están dispuestas a vivir o militar bajo el yugo masculino.

De esta manera, cuando surgen iniciativas separatistas y excluyentes que defienden el uso de la violencia contra los hombres que se proclamen en guerra abierta contra las mujeres, el resto no será capaz de unirse por complicidad ideológica sino que lo harán por solidaridad genérica. Es decir la tendencia mayoritariamente masculina
será la decerrar filas en torno a otros hombres (incluso entorno a hombres agresores) antes que mostrarse solidários con las mujeres, como exigiría una lógica coherencia, ya que esto pondría en entredicho su masculinidad y sería una falta grave de incumplimiento de la normativa hegemónica de género según la cual: la hermandad masculina debe permanecer unida.

Asumiendo los riesgos intrínsecos de nuestra propia condición el logro de nuestra autonomía vendrá condicionado a nuestra capacidad de combatirlos. El uso de la violencia y la práctica agresiva será primordial para defendernos ante una agresión pero la desvictimización y descategorización de las mujeres agredidas también supondrá una práctica liberadora al minimizar el poder y el dominio masculino y situarnos en igualdad de fuerzas combativas. Suponer por ejemplo que una mujer que ha sido agredida no podrá superar este hecho traumático, o bien que este hecho condicionará sus actividades, será más débil o vulnerable dota al hombre agresor de un poder extralimitado el infantiliza a la mujer agredida. Razón por la cual muchas
mujeres eluden el hecho de haber sido víctimas de agresiones al no querer
presentarse ante las demás de ese modo, hecho que invisibiliza muchos casos de violencia.

¿Cuántas de nosotras conocemos a hombres con altas dosis de sexismo, hombres de trato peyorativo hacia las mujeres, hombres que consideran a las mujeres como objetos y que en cambio gozan de una consideración y de una valorización excelente por parte del resto? Un hombre prototípicamente revolucionario, un cretino y caricaturesco macho enérgico y osado con capucha negra y piedra en la mano que adora los ambientes mixtos que le permiten pavonearse y mostrar sus dotes pero que detesta los grupos de mujeres que lo excluyen a la vez que prescinden de sus encantos de seductor. Este o cualquier otro prototipo que nos venga a la mente, capaz de criticar a una mujer o considerarla menos inteligente por vestir demasiado
femenina, e incluso mujeres que reproducen estos mismos patrones son usuales en nuestros entornos políticos.

La sorpresa y el desconcierto que generan los episodios de violencia contra las mujeres en nuestros entornos politizados se nutren del desconocimiento y de la hipocresía. La negación, la aceptación e incluso la falta de contundencia en las respuestas ante los más mínimos indicios son cobardes cómplices de la violencia contra las mujeres, y en este caso, en todas nosotras hay algo que en mayor o menor medida huele a podrido.

Hagamos limpieza!

Laura