[TRADUÇÃO] Se nace mujer - Doménica Francke Arjel

proposta de tradução, um texto sobre feminismo da diferença numa perspectiva lésbica, de uma lésbica feminista chilena.

Ser mujer es una condición irrenunciable, pues se nace así. Es, por tanto, un don. Y lo agradezco. No se puede “dejar” ni “llegar” a ser mujer.

Aunque muy probablemente el sentido de la expresión de Beauvoir “No se nace mujer, se llega a serlo” no era la que le atribuyen actualmente los transactivistas (la idea de que un hombre puede convertirse en mujer), sí oculta (¿o expresa?) un elemento del pensamiento de la francesa que no dudaré en calificar como liberal y hasta con germen misógino, y que se encuentra desarrollado en otros pasajes de su obra más famosa “El segundo sexo”, en los cuales insiste en relacionar la biología de las mujeres con una supuesta inferioridad (la capacidad de parir nos condenaría a la inmanencia, al tiempo que la fuerza y la agresividad masculina haría a los hombres seres trascendentes).

Se nace mujer.
La diferencia sexual es biológica, es una realidad irreductible y tiene consecuencias simbólicas profundas. Es la biología la que nos hace mujeres. Recordando las ideas de Luisa Muraro: nos hace poseedoras de un don irrenunciable, no accesible ni enajenable por méritos, similar a nacer noble en las sociedades pre modernas europeas. Y es, en este sentido, una forma de privilegio. Un privilegio que no implica la opresión de otras ni de otros, como los que surgen de las relaciones jerárquicas de clase o raza, sino, simplemente, el que viene con una en el acto de llegar al mundo como una mujer. (Según Muraro, la existencia de las mujeres también es una fortuna para la humanidad, una suerte).

¿Será que una concepción victimista de feminismo, el anclaje reivindicatorio y el afán de buscar reconocimiento a partir del nivel de opresión al que se puede estar sometida (nacido con las políticas identitarias liberales), han transformado este privilegio en un motivo de vergüenza y culpa para muchas mujeres? Así parece ser, a juzgar por algunas opiniones vertidas en redes cada vez con mayor intensidad, en las cuales el calificativo de “cis” (para indicar a quienes nacimos mujeres) se ha vuelto una etiqueta exigible para distinguirnos de los hombres que afirman ser mujeres, los que suelen ser denominados “mujeres trans” (y en el peor de los casos, mujeres a secas). A esta exigencia de autoetiquetarse, suele acompañarla una descripción pormenorizada y dramática de las opresiones sufridas por las mujeres trans: la violencia en su contra, sus suicidios y su baja esperanza de vida, etc. (datos planteados a partir de estadísticas de procedencia desconocida o dudosa).

De acuerdo al sentido común transactivista, todo ello demostraría dos cosas: 1. Que estos hombres son tratados como mujeres por el patriarcado; y, 2. Que son más oprimidos que las “cis”, y, en consecuencia, tienen más valía que muchas de nosotras para ser sujetos del feminismo (¿para ser mujeres?). De hecho, muchos y muchas transactivistas, hablan sin ambigüedades de “privilegios cis”, para acusar y acallar las voces de las mujeres que los contradicen.

Esto equivale peligrosamente, no solo a limitar al feminismo a un asunto en torno a la opresión (llámese lucha o resistencia, siempre en un tono bélico masculinista), sino también a definir o igualar el ser mujer a “la que es oprimida”. Y una opción para “liberarnos”, si esta es la situación, es la de dejar de ser mujeres.

Y sin embargo, me gustaría que las mujeres asumiéramos el privilegio de nacer mujeres, sin dar lugar a la mezquindad de ser acusadas por ello, porque no hay nada digno de sernos reclamado en algo que recibimos como un don. Me gustaría que, aceptado el don, lo asumiéramos con grandeza y no con vergüenza.

Asimismo, esto implicaría entender algunas cosas respecto a la biología. No solo que ésta es real y nos hace mujeres sino también que no es la biología la que origina el patriarcado, idea que por estos días se reproduce sin mayor reflexión como eslogan del radicalismo de redes en español.

Si bien comprendo la intención de esto, que es la de contrarrestar a los movimientos posmo cuirs, centrados en lo cosmético del género, y señalar su error, esta afirmación, en sus variantes: “nuestra biología es la base de nuestra opresión”, “el fundamento de la opresión es biológico”, etc., contiene la peligrosa suposición de que la biología en sí misma es contraria a las mujeres. Y termina, sin quererlo, coincidiendo con los transactivistas, al atribuir a la biología algo perverso y amenazante, que supone una actitud de sospecha ante ella y la necesidad de superarla.

Además, des-historiza y des-politiza el funcionamiento real del patriarcado, suficientemente estudiado y descrito por decenas de autoras feministas: la serie de decisiones y acciones conscientes y concertadas de los hombres para elaborar una falacia interpretativa que defina nuestra biología como débil e inferior.

A partir de los planteamientos de Lerner, Rich y pensadoras de la diferencia sexual, entre otras, es posible afirmar con certeza (feminista) que fue la revelación de la secundariedad de los hombres en los procesos de generación y mantención de la vida, la que provocó el temor y el resentimiento primero, y luego la reacción masculina violenta contra las mujeres.

En otras palabras, estaríamos frente a lo que puede denominarse “envidia del útero” (por contraposición a la falsa “envidia del pene” freudiana). Envidia de nuestra capacidad de gestar, parir y amamantar, enseñar el lenguaje. Así como de nuestra sexualidad afectiva, extendida a la búsqueda del placer erótico no reproductivo, y radicada en el clítoris. Capacidades fundamentadas en la biología femenina que ningún hombre ha tenido, tiene, ni tendrá.

Precisamente, de su miedo a ser inferiores (su propia interpretación maliciosa de hechos biológicos), surgió su reacción misógina, y todo el patriarcado se trata de controlar aquello que les está vedado: nuestra diferencia sexual. De esta forma, el corazón del poder masculino se encuentra en el ejercicio de dominio sobre la sexualidad femenina: la maternidad degradada y supeditada a la presencia del padre. Así el placer clitoriano, los vínculos entre mujeres, la maternidad como tal (restringida la participación masculina al mero proceso de concepción), se volvieron tabúes terribles y se implantó la heterosexualidad como institución que obliga a las mujeres a permanecer al lado de los hombres (con sus apéndices: el matrimonio y la prostitución).

Así pues, no invento ni traigo una novedad conceptual a discusión si señalo que la frase “la raíz de nuestra opresión es la biología”, no solo es engañosa, sino errada, y altamente peligrosa para la libertad y la diferencia sexual de las mujeres. La base de la opresión es la misoginia de los hombres. Y la base de su misoginia es justo lo contrario a lo que sostiene la ideología de la “inferioridad biológica” de las mujeres. Son los hombres quienes temen a nuestra biología por su propia sensación de inferioridad. Más bien, el elaboradísimo discurso de la inferioridad de las mujeres, nace de la necesidad masculina de enmascarar su miedo a ser secundarios: su miedo a nuestra diferencia sexual, biológica y simbólica, frente a la que sienten desconfianza e impotencia.

Sin embargo, más importante aún que hacer los análisis correctos de la opresión (que resultan imprescindibles, hasta cierto punto, para entender nuestra situación como mujeres) tomando en consideración el lugar que tiene en ella la biología, es abordar las posibilidades de la libertad femenina no como una lucha CONTRA la biología, sino al contrario, entender esta última como parte de la experiencia vital sexualmente diferenciada, encarnada en la realidad de nuestros cuerpos, y, por lo tanto, anclada en la biología (en contraste con el afán patriarcal por descorporizar y universalizar las experiencias humanas).

En línea con la elección de entender el ser mujer como un don, comprender que la base de nuestra libertad es nuestra diferencia sexual, y que ésta se origina, sin limitarse a ella, en nuestra biología.

La biología no es un destino, sino un fundamento, y a nosotras corresponde, individual y colectivamente, comprenderla y significarla libremente.

Doménica Francke Arjel
(Profesora, historiadora).